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La música no cura pero despierta

8 de junio de 2025 | Gestión cultural

El martes pasado, en una de las sesiones de musicoterapia del proyecto Acordes de la Fundación Atrio Cáceres, en una de esas residencias donde los días parecen repetirse como una melodía que se vuelve costumbre, ocurrió algo inesperado.

Pusimos La bien pagá, la versión de Miguel de Molina. Sonaron los primeros compases —esa orquesta que entra suave, pero con intención— y Lola de 87 años, ojos vivos aunque algo cansados, levantó la cabeza de golpe, como si alguien hubiese encendido una luz.
La miré, sorprendida, y ella soltó una risa con nostalgia:
“¡Ay, esa la cantaba mi madre mientras fregaba! Y si estaba de buen humor, hasta se marcaba un zapateado con el mocho…”

Sin pedir permiso (nunca lo pide, para qué engañarnos), se puso de pie.

Bueno, más bien se levantó como pudo, con ese arte discreto que tienen las mujeres que han vivido mucho.

No bailaba exactamente —sus rodillas llevan ya su propia agenda, y no aceptan propuestas espontáneas—, pero algo en su cuerpo pedía movimiento.
Marcaba el ritmo con los pies.

Se balanceaba.

Movía las manos como si moldeara el aire.
Durante tres minutos, no hubo bastón, no hubo televisión, ni tristeza, ni rutina.

Solo esa canción y una mujer que, por un instante, volvió a tener veinte años.

Historias como la de Lola suceden más veces de lo que se piensa.

En el proyecto Acordes, donde trabajamos con canciones populares como herramienta de conexión emocional con personas mayores, lo vemos con frecuencia: cómo la música logra atravesar barreras que ni la memoria, ni el lenguaje, ni siquiera el cuerpo, pueden superar por sí solos.

Y lo más bonito es que no hacen falta grandes despliegues. No necesitamos una orquesta sinfónica ni un auditorio con acústica perfecta.
A veces, basta una copla.

Una habanera.

Una grabación de jotas que alguien cantaba mientras tendía la ropa.
Porque lo que transforma no es solo la música en sí, sino la historia emocional que la envuelve, lo que despierta en quienes la escuchan. Es ese puente invisible entre pasado y presente, entre el “yo fui” y el “yo soy”.

La música no cura —eso lo dejamos a la medicina—, pero despierta.
Conecta.
Da permiso para sentir, para recordar, para volver a ser.
Y en esos minutos, las personas no están simplemente “recibiendo una actividad”.

Están viviendo una experiencia humana.

Como gestora cultural, muchas veces nuestro trabajo se asocia a lo invisible: los presupuestos, los correos, las llamadas, los horarios, las hojas de cálculo...

Y sí, todo eso también está. Pero hay algo más profundo que nos mueve: crear espacios donde el arte tenga sentido en la vida real de las personas.

Donde la excelencia artística no se mida solo por la dificultad técnica de una obra, sino por la capacidad de esa obra de tocar algo dentro de quien la escucha.

De sacarle una lágrima, una risa, una memoria, o incluso unas ganas de bailar.

Proyectos como Acordes de la Fundación Atrio Cáceres me recuerdan que la gestión cultural también tiene un corazón que late fuera de los teatros.
Late en una sala común de una residencia.
En un altavoz que suena bajito.
En una señora que dice “yo ya no sirvo para nada” y termina cantando con los ojos brillando.
Late en momentos como el de Lola.

Si algún día me preguntan por qué sigo trabajando en cultura, por qué insisto en que la música no debe quedarse encerrada en auditorios o en teatros, diré esto:

Porque una canción de hace setenta años, o de doscientos puede hacer que Lola vuelva a bailar.

Y ese es, sin duda, el mejor aplauso que podemos recibir.

Os comparto por aquí Cómo introducir la música clásica a las nuevas generaciones.

¡Feliz semana!

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