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La Novena Sinfonía de Beethoven: una experiencia desde dentro

28 de septiembre de 2025 | Cultura musical

Hay obras que, por más veces que las vivas, nunca dejan de emocionarte.

Para mí, la Novena Sinfonía en re menor, op. 125 de Ludwig van Beethoven (Os dejo una de mis versiones favoritas) no es solo una joya musical: es una experiencia vital en mi vida profesional.

He tenido la suerte de tocarla en varias ocasiones a lo largo de mi carrera como músico, en lugares muy distintos como el Auditorio de Zaragoza (España) o en el Musikverein de Viena (Austria).

Cada vez que la he tocado, entiendo a la perfección por qué he elegido esta carrera.

Más que un clímax, un camino

Cuando hablamos de la Novena de Beethoven, casi siempre nos vamos directo al cuarto movimiento. Ese estallido coral, la famosa “Oda a la alegría”, que todos reconocemos, incluso los que no van a escuchar conciertos de música clásica.

Y sí, es cierto: ese momento es uno de los más electrizantes de toda la historia de la música.

Pero quedarnos solo con eso sería como admirar la cima de una montaña sin haber recorrido el sendero que lleva hasta ella.

Lo realmente interesante, por lo menos para mi, de esta sinfonía es el viaje. Cómo Beethoven nos guía, paso a paso, por una arquitectura emocional que te remueve por dentro.

Todo comienza con esas quintas abiertas, como si la música aún no supiera si está soñando o despierta.

Es el nacimiento. Y de pronto, ¡bam!: aparece el acorde de re menor (para mí los acordes menores son tristes), crudo, violento.

Es el primer golpe de realidad. El dolor, lo trágico, lo inevitable.

Beethoven lo dijo claro: “La música debe hacer brotar fuego del corazón del hombre”. Y vaya si lo logra.

Después de ese impacto, surge un tema suave, casi tímido. Como un susurro que dice: “sí, la vida duele… pero también hay belleza”.

Esa tensión entre sombra y luz atraviesa toda la obra. Para mí, es ahí donde está la profundidad de Beethoven. Porque no existe la alegría auténtica sin haber conocido el dolor.

Entiendo que la Novena no es una sinfonía feliz. Es una sinfonía que pelea por la alegría.

La alegría como ideal

Pero no todo es lucha. Hay momentos de dulzura, de ternura, de juego incluso.

Como si Beethoven nos dijera: "la vida es compleja, sí, pero también merece la pena".

Esa mezcla constante de contradicciones humanas nos prepara para el mensaje final: la alegría no como algo superficial, sino como una chispa divina que nos conecta con los demás.

"Alegría, hermosa chispa divina,
hija del Elísio,
ebrios de fuego entramos,
diosa celestial, en tu santuario.
"

Así empieza el poema de Friedrich Schiller que Beethoven convirtió en himno universal.

Y cuando se canta desde dentro, con la orquesta y el coro, esa chispa se vuelve real.

Es difícil de describir lo que se siente tocando esa música rodeado de voces que claman con fuerza que todos los hombres se vuelven hermanos.

Pero puedo asegurarte que, en ese momento, algo cambia. Uno ya no es el mismo después de tocarla.

La alegría aquí no es un fin, sino una conquista.

Es el resultado de un viaje interior, de un proceso de transformación que ocurre a lo largo de toda la sinfonía.

Beethoven no nos regala la alegría: nos enseña a merecerla.

De sinfonía a símbolo europeo

Cuando en 1972 el Consejo de Europa eligió este cuarto movimiento como himno, no se hizo por su belleza solo.

Fue por su mensaje.

La Unión Europea, con todas sus imperfecciones, nació con la intención de unir, no de dividir.

De construir puentes, no muros. Y esta música simboliza eso mejor que mil discursos.

Por eso, la versión adoptada es instrumental: para que hable a todos, sin importar el idioma.

El Himno Europeo no sustituye a los himnos nacionales, pero los abraza a todos.

Es una música que no quiere imponerse, sino invitar a pensar: “oye, ¿no estaremos mejor si caminamos juntos?

Es un canto a la fraternidad, que apela no al poder ni al patriotismo, sino al corazón humano.

Beethoven: la música como redención

Lo más impresionante, tal vez, es recordar que Beethoven compuso esta obra estando completamente sordo.

Sin poder oír una sola nota, fue capaz de imaginar un sonido que sigue conmoviendo al mundo entero.

En una carta, Beethoven escribió: No conozco otros signos de superioridad que la bondad.

Y esa frase, tan sencilla, resume el espíritu de esta obra. Es una sinfonía buena. Buena en el sentido más hondo: nos hace mejores.

Nos invita a mirar más allá de nuestras pequeñas miserias o tristezas y a soñar un mundo más justo, más alegre, más humano.

"Todos los hombres se vuelven hermanos,
donde tu suave ala reposa
.
"

La Novena es también una sinfonía espiritual.

No en un sentido religioso, sino en su capacidad de tocar algo esencial en nosotros.

Su tercer movimiento, especialmente, es una meditación.

Una especie de plegaria laica.

Cuando la tocas, sientes que el tiempo se suspende, que todo se aquieta.

Como si Beethoven hubiera querido regalarnos un momento de pura contemplación antes de lanzarnos al estallido final de alegría.

El cuarto movimiento llega como una respuesta. Como una afirmación: sí, pese a todo, la alegría es posible. Y no una alegría individual, sino compartida.

Un canto que invita al abrazo, al encuentro, a la fraternidad universal.

Una obra que te cambia

No hay muchas obras que me hayan marcado tanto como esta.

Cada vez que la he tocado, he salido del escenario diferente. No importa si era en Zaragoza, o en Viena. Da igual si había mil personas o tres mil.

Lo que cuenta es que, durante esos 70 minutos, compartimos algo TODOS en el auditorio. Nos conectamos de una manera que va más allá de las palabras. Y eso, para mí, es lo más interesante e importante que puede ofrecer la música.

La Novena no es solo una sinfonía. Es un viaje. Un canto a lo que podríamos ser si nos atreviéramos a escucharnos de verdad. Beethoven y Schiller nos dejaron una hoja de ruta.

Porque, al final, la música no cambia el mundo.

Cambia a las personas. Y son las personas las que pueden cambiarlo todo.

Y cada vez que vuelvo a escucharla, me doy cuenta de que Beethoven sigue susurrándonos desde el silencio: "sé el cambio que el mundo necesita".

Como habéis comprobado, la Novena Sinfonía de Beethoven es de mis preferidas, pero no la única. Os invito a que leais mi artículo de Romeo y Julieta de Chaikovski.

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