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Josetxu Obregón y La Ritirata: excelencia barroca en Cáceres

14 de septiembre de 2025 | Crónica musical, Gestión cultural

El pasado 11 de septiembre, la Concatedral de Cáceres acogió un acontecimiento musical de especial relevancia: el concierto conmemorativo del décimo aniversario de la apertura del Palacio de los Golfines de Abajo como museo.

El marco, solemne y cargado de historia, resultó idóneo para una velada que trascendió con creces el plano institucional.

La celebración, planteada con discreción, sirvió como punto de partida para lo esencial: la música de Alessandro Scarlatti (1660-1725) y su poco frecuentado oratorio Il Giardino di Rose, interpretado en extractos por el ensemble La Ritirata bajo la dirección de Josetxu Obregón.

Alessandro Scarlatti y el oratorio barroco

Hablar de Alessandro Scarlatti es como abrir una puerta entre dos mundos: el barroco más pleno y ese estilo galante que empezaba a asomar tímidamente.

Aunque se le conoce sobre todo por sus óperas —y no es para menos, escribió muchísimas—, también se adentró en el oratorio, ese género espiritual que venía de la tradición romana del siglo XVII.

Una de esas joyas poco conocidas es Il Giardino di Rose, compuesta en 1707.

No se interpreta muy a menudo, y sin embargo, encierra algunos de los rasgos más personales de Scarlatti: ese equilibrio tan suyo entre dramatismo y lirismo, el uso expresivo de los recitativos, y unas arias que ya empiezan a insinuar lo que más tarde será el aria da capo.

Es como si en esta obra se pudiera escuchar el germen de lo que vendría después.

La metáfora del jardín de rosas, que estructura el texto del oratorio, le permite desplegar una paleta emocional muy rica: desde momentos de exaltación espiritual hasta pasajes de introspección casi dolorosa.

Y eso, para mí, es lo que hace que esta obra sea tan especial. Es un ejemplo refinado de ese arte barroco que no solo busca belleza, sino también conmover, persuadir a través de la música.

La Ritirata: rigor y expresividad

En este contexto, el trabajo de La Ritirata cobra un significado especial.

El ensemble, dirigido por Josetxu Obregón, lleva más de diez años consolidándose como una de las formaciones más sólidas y queridas dentro de la interpretación historicista en España.

Su presencia en festivales, tanto dentro como fuera del país, y su dedicación al repertorio europeo y al rescate del patrimonio musical ibérico, hablan por sí solos: es un grupo con personalidad, rigor y sensibilidad.

Desde el primer momento del concierto, la dirección de Obregón se sintió firme, clara, con esa mezcla de precisión y musicalidad que marca la diferencia.

Como violonchelista y director, no solo cuidó las entradas con detalle, sino que logró un equilibrio muy fino entre las voces y el continuo.

Su lectura de Scarlatti fue luminosa, sin excesos ni artificios, y cada número tuvo su propio carácter, su propio color.

Los tempi, elegidos con inteligencia, mantuvieron la tensión dramática sin apresurar la música.

Fue una interpretación que respiraba, que dejaba espacio para que la obra brillara por sí misma.

El arte del recitativo

Uno de los aspectos más destacados del concierto fue el tratamiento de los recitativos.

En un repertorio como el de Scarlatti, donde la palabra se convierte en motor del discurso, el riesgo de caer en la monotonía es real.

La Ritirata y las solistas evitaron este escollo con acierto: cada recitativo sonó como un fragmento vivo de teatro musical, con una flexibilidad rítmica que acercaba la declamación al pulso natural de la lengua italiana.

La continuidad dramática se sostuvo así con gran naturalidad, sin fisuras.

Las solistas: voces con identidad

La parte vocal del programa contó con un grupo de solistas de notable nivel.

Cada intérprete supo adaptarse al estilo scarlattiano, manteniendo un equilibrio admirable entre la ornamentación y la pureza de la línea melódica.

Las arias, concebidas como verdaderos monólogos interiores, fueron abordadas con intensidad dramática pero sin exageraciones.

Las coloraturas se desplegaron con fluidez, sin perder nunca la claridad de la dicción.

Hubo momentos de lirismo delicadísimo, en los que la voz se integró con el acompañamiento instrumental hasta lograr una sonoridad casi camerística, y otros de mayor ímpetu expresivo, siempre dentro de los límites del buen gusto barroco.

En conjunto, los solistas dotaron de vida y humanidad a los personajes alegóricos del oratorio, haciendo que el público pudiera sentir cercanos sus afectos, a pesar de la distancia temporal y cultural.

El continuo y las cuerdas

El grupo instrumental de La Ritirata brilló con especial intensidad.

Las cuerdas, con un fraseo ágil y bien articulado, ofrecieron un sonido claro y transparente, ideal para la acústica de la Concatedral.

El bajo continuo, núcleo del conjunto, desplegó una solidez rítmica y armónica que otorgó seguridad a los cantantes y al conjunto.

Hubo momentos en los que el diálogo entre continuo y voz alcanzó una expresividad conmovedora, recordando al oyente que en el barroco el acompañamiento no es nunca mero soporte, sino verdadero interlocutor.

Un público entregado

El público cacereño, consciente de la rareza de la propuesta, siguió el concierto con atención sostenida y una receptividad palpable.

No se trataba de un programa fácil: la ausencia de números conocidos, la densidad de algunos pasajes y el carácter alegórico del texto podían haber dificultado la conexión.

Sin embargo, la calidad interpretativa obró el milagro de la comunicación.

Al término del concierto, la ovación fue larga y entusiasta, testimonio de que la música de Scarlatti había logrado traspasar los siglos para conmover de nuevo.

Reflexiones finales

Lo ocurrido en la Concatedral de Cáceres fue más que un concierto: fue la demostración de que el patrimonio musical barroco, cuando se interpreta con rigor y convicción, sigue teniendo un poder de comunicación insospechado.

La Ritirata y Josetxu Obregón ofrecieron una lectura ejemplar de Scarlatti, en la que la excelencia técnica se unió a una profunda comprensión estilística.

En tiempos en que los programas de concierto tienden a repetirse en torno a un puñado de títulos seguros, resulta especialmente valioso que un festival o institución se atreva a proponer repertorios menos transitados, y que lo haga con intérpretes capaces de revelar toda su riqueza.

La velada de Cáceres fue, en este sentido, un auténtico regalo para el público.

El Giardino di Rose de Scarlatti, cultivado con esmero por La Ritirata, floreció en la Concatedral con la intensidad de una música que, más de tres siglos después, conserva intacta su capacidad para emocionar y persuadir.

Y en ese jardín sonoro, cada oyente pudo encontrar su propia rosa: un instante de belleza efímera pero inolvidable.

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