El pasado domingo tuve el privilegio de presentar la final de la vigésimo octava edición del Certamen Internacional de Jóvenes Intérpretes Pedro Bote. Cada año, Villafranca de los Barros demuestra por qué merece —con justicia— su título de Ciudad de la Música. Esta edición, en particular, estuvo cargada de emoción y talento: una mezcla hermosa que sólo nace cuando la comunidad, la juventud y el arte se encuentran de verdad.
La música como espacio de encuentro
Quienes trabajamos en gestión cultural sabemos que programas como este no son meras vitrinas de excelencia; son espacios donde se tejen trayectorias, se construyen redes, se trazan caminos. Familias que acompañan, maestros que guían, público que escucha con admiración: todo ello constituye un tejido vivo. Y este año se notó con claridad que el Pedro Bote es mucho más que un concurso: es una experiencia colectiva de crecimiento.
Los finalistas llegaron con una mezcla preciosa de ilusión y responsabilidad. Se sentía, incluso antes de que se interpretara la primera nota, que detrás había muchas horas de ensayo, renuncias personales, sacrificios… y un deseo de compartir su música.
Los ganadores de esta edición
La final cerró con un nivel extraordinario, y el jurado decidió premiar a estos jóvenes intérpretes por su sensibilidad, su técnica, su compromiso con la música:
- Primer Premio: Dúo Berlinches‑Jiménez — conformado por Diego Jiménez (violonchelo) y Sergio García Berlinches (piano).
- Segundo Premio (ex aequo): Marta Cubas (acordeón) y Hava Dúo — formado por Jéssica Duarte (acordeón) y María Benítez (trombón).
- Tercer Premio: Quedó desierto en esta edición.
- Premio a la Mejor Interpretación de Música Española: También recayó en Marta Cubas.
Cada ganador (o ganadora) dejó su impronta: un color tímbrico, una visión interpretativa, una forma propia de comunicarse con el público. El aplauso final no fue sólo un reconocimiento — fue un abrazo colectivo.
Por qué este certamen sigue importando
Mientras caminaba hacia el escenario —micrófono en mano— notaba en el ambiente una mezcla de respeto, ilusión y comunidad. Este certamen no solo ofrece premios económicos o una gira de conciertos; ofrece visibilidad, acompañamiento, pertenencia. Para muchos de esos jóvenes músicos supone un empujón real hacia sus sueños, un reconocimiento tangible de su esfuerzo, y quizá lo más importante: la convicción de que la música sigue siendo un camino posible.
El respaldo de las instituciones (locales, regionales) no es menor: demuestra que la cultura tiene valor, que merece inversión, atención y continuidad. Y demuestra también que pueblos como Villafranca pueden —y deben— convertirse en epicentros de cultura, de formación, de encuentro.
Una emoción que queda
Volví de Villafranca con una certeza renovada: la música —esa música interpretada con pasión, con juventud— sigue siendo una de las formas más interesantes de crear comunidad. Lo vi en cada mirada de los intérpretes, en cada gesto del público, en cada aplauso. Vi un puente entre generaciones y entre territorios.
Presentar esta final fue un honor, un privilegio —y, para mí, una inspiración. Ojalá este certamen siga celebrándose muchos años, siga apoyando talentos, siga construyendo futuros. Y ojalá sigamos escuchando música buena, humilde, valiente.
