Con Berghain, Rosalía inaugura una nueva etapa artística que rompe con los códigos de Motomami y El mal querer.
No es solo el primer adelanto de su disco LUX —que dio la luz el 7 de noviembre— sino también una declaración estética: aquí se cruza el barroco, la ópera con el clubbing, la imagen gótica con los cuentos de hadas, y todo ello sostenido por una orquesta y un coro que despliegan una energía arrolladora.
Y sí: por primera vez escuchamos a Rosalía cantar en alemán.
Un tema que empieza en 1712 y termina en 2025
Una de las voces que mejor ha explicado Berghain es la del compositor Jordi Longán, que describe la pieza como “una música que podría haberse compuesto en 1712, pero producida en 2025”.
La estructura es sencilla, casi austera:
Re menor – Sol menor – La7, tres acordes que regresan una y otra vez, como un motor emocional.
Pero la superficie es todo menos simple.
La canción abre con arpegios frenéticos de violín en técnica de sautillé (arco rebotado), que generan una tensión casi hipertensa.
Según Longán, probablemente se grabaron más lentos y después se aceleraron digitalmente, lo que explica esa sensación de velocidad casi inhumana. (Aunque lo he escuchado a esa velocidad por compañeros).
Esa manipulación es parte clave del sonido: un barroco distorsionado, acelerado, mutado.
Tras el estallido inicial, la música se ralentiza de golpe y entra el coro en alemán. Y enseguida, Rosalía: primero en registro de soprano, luego, cuando cambia al español, descendiendo una octava hasta su voz habitual.
Ese contraste entre registros refuerza la dualidad que atraviesa toda la canción.
El segundo acto llega con la entrada de Björk, que transforma la textura de la pieza hacia un territorio más oscuro y sintético. Los acordes siguen siendo los mismos, pero cambian las inversiones, cambian los timbres, cambia la respiración de la música.
La clausura —con la participación de Yves Tumor— se desintegra en delays, reverbs y distorsiones, mientras los violines vuelven en glissando hacia un final cinematográfico que bordea lo pesadillesco.
Pureza y deseo: el conflicto central de Berghain
La frase con la que Rosalía presenta la canción —“La única manera de salvarnos es con intervención divina”— marca el marco temático.
A partir de ahí, Berghain se mueve en un terreno donde chocan la pureza y el deseo, lo sagrado y lo carnal.
El videoclip, dirigido por Nicolás Méndez (Canada), no elude esa tensión: referencias religiosas, símbolos de cuento, sombras góticas y una estética que recuerda por momentos al cine de Yorgos Lanthimos.
Es un universo donde la música, la imagen y el gesto narrativo están completamente entretejidos.
Blancanieves, Berlín y la dualidad como brújula
El título “Berghain” remite al mítico club berlinés, una especie de templo del exceso.
Pero Rosalía no hace un homenaje literal: usa el nombre como símbolo. Igual que el club nace de dos barrios opuestos —Kreuzberg y Friedrichshain— separados por el río Spree, la canción y el vídeo se construyen desde la oposición: claridad y sombra, deseo y disciplina, rito y caos.
En el videoclip vemos a Rosalía moverse por espacios cotidianos —el salón, el bus, la joyería— mientras la orquesta la persigue como un pensamiento persistente.
Después, la narrativa deriva hacia un cuento oscuro: la artista convertida en Blancanieves, rodeada de animales del bosque que, lejos de la inocencia del relato original, se deforman y sangran tinta negra.
La dualidad no es un detalle: es el corazón del proyecto.
Un tema donde la música clásica no es un adorno
La participación de la London Symphony Orchestra no es anecdótica. Toda la pieza está construida sobre una lógica orquestal clara: cambios de tempo, bloques sonoros, un coro que aporta monumentalidad y un uso del violín que remite tanto al barroco como a la experimentación contemporánea.
La canción incluso se publica con una partitura editada por G. Henle Verlag, una de las editoriales más prestigiosas del ámbito clásico, lo que refuerza la idea de que este no es un “guiño culto”, sino un trabajo pensado desde la raíz con lenguaje sinfónico.
Para quienes venimos del mundo de la música clásica —o trabajamos cerca de él— Berghain tiene algo especialmente interesante: no intenta legitimar el pop con orquesta, ni convertir la orquesta en pop, sino mezclar ambas cosas en un espacio de libertad total.
Un inicio poderoso para el universo LUX
Si algo deja claro Berghain es que LUX será un proyecto complejo, multilingüe (Björk, Rosalía e Yves Tumor cantan en alemán, español e inglés) y profundamente híbrido.
El resultado es un tema que funciona a varios niveles: emocional, sensorial, estético y conceptual. Y que confirma que Rosalía no está interesada en repetir fórmulas: cada etapa es una pregunta nueva.
En Berghain, esa pregunta parece ser:
¿qué ocurre cuando lo barroco, lo electrónico, lo divino y lo carnal se encuentran en un mismo espacio?
Rosalía responde con una pieza que vibra entre siglos, entre idiomas y entre mundos.
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