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Dejen de salvar la música clásica

28 de febrero de 2026 | Gestión cultural

He escrito recientemente mi primer libro, Dejen de salvar la música clásica. La música clásica para gestores culturales. Lo escribí con ilusión —la ilusión genuina de quien pone en orden años de práctica profesional—, pero también con incomodidad. Porque más que un libro al uso, es un ensayo. Y como todo ensayo, no pretende cerrar debates sino abrirlos.

No es un manual de buenas prácticas ni una guía operativa. Es una toma de posición.

Lo escribí desde una convicción que ha ido madurando en mi trayectoria como gestora cultural: la música clásica no necesita ser salvada. Necesita ser gestionada con responsabilidad estructural.

Este artículo no es un resumen del libro.

Es una invitación directa a quienes están empezando en la gestión cultural —y a quienes trabajan en el tercer sector— a asumir algo que a menudo evitamos: nuestro rol no es técnico, es político.

Y eso cambia completamente la manera de entender nuestra profesión.

El problema no es la falta de recursos, es la falta de marco

En el sector cultural hemos naturalizado una narrativa de precariedad.

Falta presupuesto.

Faltan apoyos.

Faltan públicos.

Faltan políticas sostenidas.

Todo eso puede ser cierto. Pero no explica lo verdaderamente importante.

Lo que realmente falta, en muchos proyectos, es marco.

Es decir: una posición clara desde la que se toman decisiones.

Cuando la gestión cultural se limita a programar actividades, ejecutar convocatorias o justificar memorias, la cultura se convierte en un flujo constante de eventos desconectados.

Hay actividad, pero no necesariamente hay sentido. Hay impacto puntual, pero no proceso.

El problema no es programar. El problema es creer que programar es suficiente.

En Dejen de salvar la música clásica sostengo que la cultura no se programa: se cuida. Y el cuidado no es una categoría emocional; es un principio estructural de decisión. Implica asumir continuidad, contexto y responsabilidad.

Quien gestiona cultura no administra contenidos. Construye marcos simbólicos.

La trampa del discurso social

En el tercer sector esta cuestión es especialmente delicada. La cultura se legitima con frecuencia por su capacidad de transformación social. Y esa capacidad existe. Pero no como promesa automática.

La música no transforma por acumulación de conciertos. No transforma por llegar a un barrio determinado. No transforma por aparecer en un informe con indicadores cuantitativos.

Transforma cuando modifica las condiciones de relación.

Cuando un proyecto cultural altera los ritmos de un territorio.
Cuando introduce espacios de escucha real.
Cuando sostiene procesos más allá de la foto y la memoria anual.

Si no hay cambio estructural en la forma de trabajar, el discurso social se convierte en coartada.

Y aquí aparece una advertencia importante para gestores que están comenzando: el lenguaje cultural puede protegernos de la autocrítica. Hablamos de comunidad, impacto, territorio o acceso sin revisar si nuestras decisiones cotidianas responden realmente a esos conceptos.

El discurso no puede sustituir a la práctica.

El mito de los públicos

Otro discurso que debemos revisar es la de la “falta de públicos”.

Cuando un proyecto no genera vínculo, la explicación más rápida es que la gente no viene, no entiende o no se interesa. Pero esa lectura desplaza la responsabilidad hacia fuera.

Las personas no se relacionan con la cultura como públicos abstractos. Se relacionan desde contextos concretos, tiempos concretos y experiencias concretas.

Si no hay continuidad, no hay vínculo.
Si no hay mediación, no hay apropiación.
Si no hay coherencia, no hay confianza.

Para quienes empiezan en la gestión cultural, esta es una lección es DECISIVA: no trabajamos para atraer masas; trabajamos para construir comunidades. Y una comunidad no se convoca, se sostiene.

Eso exige renunciar a la obsesión por el lleno como único indicador de éxito. Exige aceptar procesos pequeños pero consistentes. Exige resistir la presión del impacto inmediato.

No es una postura romántica. Es una estrategia profesional.

Cuidar es decidir

Uno de los capítulos más importantes del libro se titula precisamente así: Cuidar es decidir.

Y quiero insistir en esta idea porque define la diferencia entre un gestor técnico y un gestor estructural.

Cuidar implica priorizar.
Implica decir no.
Implica sostener criterios incluso cuando generan tensión.

No se puede cuidar todo. No se puede aceptar todas las propuestas. No se puede responder a todas las convocatorias. La acumulación es una forma de evitar la decisión.

El cuidado real exige coherencia en el tiempo.

Y esa coherencia es la que construye autoridad institucional.

Para quienes trabajan en el tercer sector esto es especialmente relevante: la presión por justificar cada proyecto como socialmente imprescindible puede diluir el criterio artístico y estratégico. Y sin criterio, no hay liderazgo.

Por qué escribí este ensayo

Escribir Dejen de salvar la música clásica fue un ejercicio de orden interno. Me ha hecho ilusión hacerlo, precisamente porque no es un producto de mercado ni una guía práctica: es un ensayo profesional.

Es un intento de poner palabras a algo que muchas veces intuimos pero no articulamos: que la cultura no fracasa por falta de legitimidad, sino por falta de marco.

Lo escribí pensando en quienes están empezando. En quienes sienten que algo no encaja en el discurso dominante del sector pero todavía no tienen herramientas conceptuales para nombrarlo.

Si este libro sirve para eso —para ofrecer un marco desde el que pensar la gestión cultural con mayor rigor— habrá cumplido su función.

Una posición clara

Termino con algo que considero fundamental: la gestión cultural no es una fase previa a “otra cosa”. Es un lugar de liderazgo estructural.

Los gestores culturales no podemos limitarnos a ejecutar proyectos. Debemos construir pensamiento. Debemos sostener criterios. Debemos asumir responsabilidad política y simbólica.

La música clásica no necesita ser salvada.
Necesita instituciones sólidas.
Necesita dirección estratégica.
Necesita liderazgo con marco.

Pienso que la cultura debe dejar de justificarse como lujo y empezar a gestionarse como infraestructura social.

Ese es el nivel de responsabilidad al que debemos aspirar.
Y ese es el tipo de liderazgo que quiero ejercer.

No desde la complacencia.
No desde el discurso vacío.
Sino desde la decisión estructural.

Porque dirigir un proyecto cultural no es administrar programación.
Es sostener sentido en el tiempo.

Espero que os guste.

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