Manuel Blanco y Pablo Márquez interpretan la Water Piece HWV 341 en la Concatedral de Santa María.
Hay músicas que llenan un espacio.
Y hay espacios que cambian la manera en que escuchamos una música.
El pasado lunes 28 de septiembre, la Concatedral de Santa María de Cáceres acogió el Concierto de Otoño de la Fundación Atrio Cáceres, una cita que coincidía con el 40 aniversario de Atrio y que reunía a dos músicos que ya habían compartido escenario en el festival Atrium Musicae: Manuel Blanco, a la trompeta, y Pablo Márquez, al órgano.
El programa viajaba por distintos momentos de la historia de la música, pero hubo una obra que, escuchada en aquel lugar y con esa combinación de instrumentos, me dejó una pregunta que no podía quitarme de la cabeza:
¿Cómo conseguir que una música tan ligada al esplendor barroco suene hoy con autenticidad, sin que se convierta en un simple despliegue de brillo?
La respuesta estaba en la Water Piece HWV 341.
Y aquí conviene detenerse un momento en el propio Händel. O, mejor dicho, en la dificultad de saber exactamente qué Händel estamos escuchando.
La obra fue publicada en Londres en 1733 con el título Handel's Water Piece. Su Ouverture procede de la Water Music, mientras que la marcha final está relacionada con la ópera Partenope.
Sin embargo, la suite que conocemos como HWV 341 no cuenta con un autógrafo de Händel y su atribución ha sido discutida desde hace décadas. La investigación musicológica la considera actualmente una obra de atribución dudosa, probablemente construida a partir de materiales händelianos y organizada para su publicación.
Esto no le resta interés. Al contrario.
Quizá nos obliga a escucharla de una manera menos reverencial y más curiosa.
La Water Piece pertenece a ese mundo musical del primer XVIII en el que las obras circulaban, se adaptaban, se reutilizaban y podían adquirir nuevas formas al pasar de un contexto a otro.
Su lenguaje, en cualquier caso, participa plenamente de esa estética que asociamos con Händel: el gusto por el gesto ceremonial, la claridad de las danzas, el contraste entre solemnidad y movimiento y, sobre todo, una escritura instrumental que sabe ser espectacular sin necesidad de complicarse.
La trompeta de Manuel Blanco entra precisamente en ese territorio.
Su instrumento tiene algo que parece inevitable en esta música: presencia.
Pero una buena interpretación de la Water Piece no consiste en tocar más fuerte, sino en saber cuándo debe brillar la trompeta y cuándo debe dejar espacio a la música.
En una pieza construida alrededor del carácter ceremonial del metal, la tentación de convertir cada aparición en una afirmación sonora es grande. La interpretación de Blanco encuentra su interés precisamente cuando la brillantez no se convierte en un fin en sí misma.
La Ouverture pide autoridad, pero también arquitectura. La Gigue introduce inmediatamente otro mundo: el de la danza, el movimiento y una articulación más ligera.
El Air, identificado como Menuetto, pide elegancia y una línea más cantabile; y la Bourrée vuelve a introducir esa energía rítmica tan característica de las danzas francesas.
La marcha final recupera la dimensión pública y ceremonial con la que la trompeta parece sentirse especialmente cómoda.
Ese recorrido es importante porque permite descubrir que la trompeta no es únicamente un instrumento de fanfarria. También puede hablar, respirar y frasear.
Y ahí el órgano adquiere un papel mucho más importante del que podría parecer a primera vista.
Pablo Márquez no estaba acompañando a Manuel Blanco en el sentido convencional del término.
La reducción de una escritura originalmente asociada a trompeta, cuerdas y continuo para dos instrumentos modifica necesariamente la obra.
El órgano debe asumir funciones diferentes: sostener el bajo, completar la armonía, crear planos sonoros y, sobre todo, sustituir con un único instrumento parte de la variedad tímbrica que proporcionaría una pequeña orquesta.
Márquez está especialmente familiarizado con este repertorio y con la práctica histórica: es organista de la Catedral de Valencia y catedrático de clavecín del Conservatorio Superior de Música de Castellón, donde desarrolla además su actividad docente dentro del Departamento de Música Antigua. Este último dato me sorprendió mucho, precisamente porque fue en el conservatorio donde estudie.
En Cáceres, esa relación entre trompeta y órgano tenía además un tercer interlocutor: la Concatedral.
La acústica de un templo no es neutral. La reverberación prolonga los sonidos, mezcla los armónicos y puede convertir una articulación demasiado densa en una masa sonora difícil de distinguir.
Pero también ofrece algo que una sala convencional no puede proporcionar: la posibilidad de que un sonido continúe existiendo durante unos instantes después de que el intérprete haya dejado de producirlo.
Ahí está, quizá, el silencio del título.
Porque el verdadero contraste de esta interpretación no estaba solamente entre un instrumento brillante y otro más grave. Estaba entre el sonido y el espacio que queda cuando el sonido termina.
La Water Piece podría haberse convertido fácilmente en un pequeño escaparate para la trompeta.
El interés de escucharla en este formato estuvo en otra parte: en comprobar cómo una obra asociada al espectáculo, al movimiento y al ceremonial podía adquirir una dimensión diferente al entrar en un espacio catedralicio y quedar reducida a dos voces.
Blanco aportaba la luz. Márquez, la profundidad.
Y entre ambos aparecía algo que en las grandes formaciones orquestales puede pasar desapercibido: la respiración entre las frases, la relación entre una entrada y su respuesta, el peso de una cadencia, la manera en que un acorde permanece suspendido en la nave antes de desaparecer.
Por eso la Water Piece funcionó como algo más que una pieza barroca dentro del programa del Concierto de Otoño.
Fue también un pequeño ejercicio de perspectiva.
Nos recordó que interpretar música antigua no consiste únicamente en reproducir unas notas escritas hace casi tres siglos, sino en decidir qué hacemos con ellas cuando las colocamos delante de un público actual, en un espacio concreto y con instrumentos concretos.
Y quizá ahí esté lo más interesante de esta versión.
No escuchar únicamente a Händel.
Escuchar qué ocurre con Händel cuando llega a Cáceres.
Cuando la trompeta deja de ser solamente brillo, el órgano deja de ser solamente acompañamiento y la arquitectura empieza también a formar parte de la interpretación.
Al final, la música desaparece. La trompeta calla, el órgano deja de resonar y la Concatedral vuelve a quedarse en silencio.
Pero durante unos minutos, entre el brillo y ese silencio, aquella música encontró un lugar. Esta vez, en Cáceres.
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